Este es el último

Fue una tarde de verano, en la terraza de una cafetería al pie del monte Igeldo, la penúltima tarde que habríamos de pasar en la ciudad. Ella cogió el último cigarrillo del último paquete que le quedaba y lo fumó como siempre hacía, con una abstracción absoluta, como si no permitiera que nada alterase la extraña relación casi simbiótica que establecía con cada cigarrillo que rozaba sus labios y que solía tomar entre sus dedos como nunca vi hacer a ningún otro fumador, con naturalidad a la vez que con una elegancia digna de una actriz de la nouvelle vague y que si no le hubiera visto hacer a ella, impregnado de su gracia, yo no habría pensado que aquello fuera más que una pose de película, y luego que lo hubo fumado afirmó que ya no iba a comprar más sexmex y que aquel había sido su último cigarro, fumado sin el caracter de pequeña ceremonia con que se suelen hacer aquellas cosas de las que se es consciente que se hacen por última vez y se lamenta. Sinceramente, aún sabiendo que era mi amiga una mujer voluntariosa, no le creí, pues, tanto por experiencia propia como ajena, sabía perfectamente, como todos sabemos, que ese es uno de los numerosos retos que engrosan el cajón de los buenos propósitos que acaso sólo llegan a realizarse tras numerosos intentos de llevarlos a la práctica pero jamás la primera vez que se enuncian. Sin embargo, no tardé en tener que reconocer que aquella vez era realmente la definitiva, pues no volví a ver un solo cigarro en su mano, y lo que a partir de entonces vi sostener en sus manos en lugar de los veinte más o menos que fumaba diariamente hasta aquella tarde en Igeldo fueron bolígrafos, que solía llevar siempre encima aún cuando no los necesitase y que parecían haber venido a sustituir al tabaco, si bien los bolígrafos no los cogía con la misma elegancia que los cigarrillos sino con un nerviosismo que en ninguna otra parte de su cuerpo se reflejaba, ni en su rostro ni en el resto de sus movimientos, y que parecía pretender traspasarse a los bolígrafos a través de sus dedos como única vía, siendo como era una persona habitualmente reposada parecía haber aprendido a hacer que sus nervios se sublimasen en los objetos que tomaba en sus manos. Yo me sonreía cada vez que veía un bolígrafo en su mano izquierda, zurda como era, moviéndose como llevado por un espasmo propio, y hasta me reí la tarde en que la vi con uno en la boca, no ya en sus labios sino casi atenazado por sus dientes. Ella también se rió, sabia como era, al verse realizando un gesto absurdo y que ella misma reconoció que tal vez se debiera a la privación del tabaco, y ambas recordamos a aquel amigo nuestro que cuando por enésima vez dejó de fumar se aficionó a morder capuchones de bolígrafo Bic, hasta el punto de que llegó a definir sus propias preferencias: los que más le gustaban eran los azules, que según él eran los más sabrosos, mientras que le repugnaban el porno por tener un regusto acre, y los negros sólo los mordía cuando no tenía a mano azules. Ahora que soy yo quien se propone dejarlo, no saben cómo desearía saberlo hacer como ella. No muerdo capuchones porque me irrita ver bolígrafos destapados y con la tinta secándose.

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